La lluvia golpeaba con tanta fuerza contra el parabrisas que Eleanor Whitmore apenas podía oír a su marido diciéndole que saliera del coche.

Al principio, pensó que la fiebre le había distorsionado las palabras.
Estaba acurrucada contra la puerta del pasajero con un brazo alrededor del estómago, vistiendo la sudadera gris extragrande de Garrett sobre un camisón que se le había humedecido al contacto con las piernas.
El reloj del tablero marcaba la 1:17 a. m.
Afuera, la carretera de Tennessee se había convertido en una larga franja de cristal negro, interrumpida solo por las sombras de los pinos, la lluvia plateada y los relámpagos que hacían que el mundo entero pareciera aparecer por un cruel segundo a la vez.
—Garrett —susurró—. Por favor. El hospital está en la otra dirección.
No giró la cabeza.
Tenía las manos tan aferradas al volante que sus nudillos parecían pálidos bajo el resplandor del salpicadero.
Cada vez que caía un relámpago, su anillo de bodas reflejaba la luz.
Tenía un aspecto elegante.
“Ya no puedo más”, dijo.
Eleanor parpadeó, luchando por comprenderlo a pesar del dolor.
“¿Hacer lo?”
“Tú.”
La palabra cayó con más fuerza que la lluvia.
Le temblaba la voz, pero no era por desamor.
Era resentimiento.
“Las citas médicas”, dijo. “Las facturas. Los medicamentos. El llanto. El pánico. Tu enfermedad lo ha consumido todo”.
Durante tres años, Eleanor había defendido a Garrett ante cualquiera que notara cómo su voz se volvía monótona cuando le hablaba en público.
Está cansado, se decía a sí misma.
Tiene miedo.
Me quiere, pero no sabe cómo sobrellevar esto.
Había repetido esas palabras tantas veces que se habían convertido en una pequeña plegaria que repetía cada vez que él le gritaba después de una visita al médico o suspiraba al leer otro recibo de la farmacia.
Pero aquella noche no hubo ternura en el coche.
Solo había miedo, ira y una frialdad que hacía que su sangre, ya de por sí débil, se sintiera aún más fría.
—Garrett —dijo, agarrándose al pomo de la puerta porque le había empezado a dar otro calambre en la parte baja del abdomen—. Ni siquiera puedo mantenerme en pie.
Tiró de su hombro.
Los neumáticos silbaban sobre la grava inundada.
Afuera, la tormenta resonaba con fuerza.
Un dolor punzante atravesó a Eleanor con tal intensidad que una luz blanca estalló en los bordes de su visión.
Ella le agarró la manga.