Parte 1
—Quiero que la bañes tú. Y no llames a Rosa ni a ninguna de las muchachas. Hazlo tú misma.
Miré a mi esposo como si acabara de perder la razón.
Me llamo Sabrina Herrera, tengo 36 años y llevaba 15 casada con Lucas Salgado, dueño de varias constructoras en Monterrey. Dinero nunca nos había faltado. Vivíamos en una casa enorme en San Pedro Garza García, teníamos personal doméstico, chofer y una vida tan cómoda que yo había terminado creyendo que el mundo entero funcionaba según las decisiones de cada persona.
Por eso, cuando Lucas comenzó a colaborar personalmente con un comedor comunitario cercano a la Central de Autobuses, yo no lo entendí.
—Puedes donar lo que quieras —le dije una mañana—. Pero no necesitas sentarte a escuchar las historias de todo el mundo.
Lucas me miró en silencio.
—A veces el dinero ayuda menos que mirar a alguien a los ojos.
No respondí.
Aquella tarde regresé de comer con unas amigas y encontré a una anciana sentada en mi sala.
Su cabello estaba enredado, llevaba una chamarra vieja a pesar del calor y sus zapatos parecían haber recorrido medio país. Un olor fuerte llenaba el lugar.
Sin pensarlo, me llevé una mano a la nariz.
—¿Quién es ella?
La mujer bajó los ojos.
Lucas se levantó.
—Le dicen Esperanza.
—¿Le dicen?
—No recuerda su nombre verdadero.
Sentí que aquello era una broma.