PARTE 2
La doctora Salinas no alzó la voz.
Ella no parecía intimidada por Diego.

No se inmutó cuando Paola cruzó los brazos y me dedicó esa pequeña sonrisa victoriosa, como si ya hubiera ganado a mi marido, mi hogar, mi dignidad, y ahora hubiera venido a recoger la última pieza de mi vida.
El médico simplemente señaló la pantalla del ecógrafo.
—Mira con atención —dijo ella.
Diego se acercó.
Paola lo siguió, su perfume llenando la pequeña habitación como algo dulce que intentaba encubrir algo podrido.
Me quedé allí tumbada, paralizada, con una mano agarrada al borde de la camilla de exploración, el vestido levantado, el gel frío en el estómago y las lágrimas secándose en mis mejillas.
Quería cubrirme.
Quería gritarle que se fuera.
Quería preguntarle por qué se le permitió entrar en el momento más vulnerable de mi vida con la mujer que había elegido en lugar de mí.
Pero no podía moverme.