Parte 1
Todos los vecinos de nuestro nuevo barrio nos advirtieron sobre el hombre que cría solo a siete hijos.
Mi marido, Mark, y yo pensábamos que la gente estaba exagerando.
Nuestro nuevo piso de alquiler parecía casi perfecto: asequible, tranquilo, con un gran patio trasero y excelentes escuelas.
Lo único extraño fue la reacción de los vecinos cuando se enteraron de que vivíamos al lado de David.
“Oirás el silbato”, me dijo una mujer.
A la mañana siguiente, exactamente a las cinco en punto, lo comprendí.
Un agudo silbido plateado rompió el silencio de la oscuridad.
Salí al porche trasero y vi a siete niños de pie en una fila perfectamente recta.
El mayor tenía dieciséis años.
El más pequeño parecía tener apenas cinco años.
David se paró frente a ellos sosteniendo un portapapeles.
Inspeccionó los zapatos, las uñas, las camisas y los cuellos sin alzar la voz.
Luego hizo girar una gran rueda de madera montada cerca del porche.
Cada niño recibió una tarea.
Lavadero.
Desayuno.
Jardín.
Baños.
Basura.
Gallinero.
Refacción.
Sin discutir, se dispersaron.
Ninguna queja.
No hay risas.
Nada.