La cena de San Valentín que terminó de forma muy diferente a como se esperaba.
En teoría, el Día de San Valentín debería ser sencillo.
Una cena agradable.
Una tarde tranquila.
Un momento para sentirse apreciado y conectado.
Al menos, eso es lo que pensé que me esperaba cuando mi novio insistió en que saliéramos a cenar a un restaurante de lujo “especial”.
Llevaba días mostrándose inusualmente entusiasmado con ello.
Hablaba del restaurante como si fuera algo importante.
—Confía en mí —dijo—. Esta va a ser una noche que no olvidarás.
En ese momento no le di mucha importancia. Supuse que simplemente quería hacer algo bonito para la ocasión.
Así que acepté.
No tenía ni idea de cómo se desarrollaría la noche.
Una cena que pareció más grande de lo necesario.
El restaurante era uno de esos lugares elegantes donde todo parece estar cuidadosamente diseñado.
Iluminación suave.
Música tranquila.
Menús con descripciones breves y que suenan costosas.
Un lugar donde incluso el agua se siente como parte de la experiencia.
Mi novio parecía orgulloso de estar allí.
Ordenó con seguridad.
Me sugirió platos que nunca antes había probado.
Al principio, parecía una velada romántica.
Algo sacado de una película.
Nos reímos.
Hablamos.
Disfrutamos la comida.
Pero en algún momento, el tono empezó a cambiar.
Al principio fue sutil.
Una pausa en la conversación.
Un cambio en su expresión.
Una creciente gravedad que no lograba comprender del todo.
Cuando llegó la factura
Al finalizar la comida, el camarero dejó la cuenta sobre la mesa.
El total ascendió a 380 dólares.
No reaccioné con vehemencia. Era caro, pero no me sorprendió tratándose de un lugar como este.
Lo que no esperaba era su reacción.
Miró la cuenta, luego me miró a mí y dijo algo que cambió por completo el ambiente de la noche.
“Lo compartiremos.”